
Como ya era tan apremiante protegerse del frío, y dado que en
climas templados crecían muchas más plantas que en el norte, los hombres
pudieron permanecer por periodos más prolongados en un solo lugar. Ahí,
sin duda, observaron que cerca de los ríos las plantas crecen con mayor
facilidad que en suelos secos. Y lo más importante de todo es que
pudieron observar el desarrollo de plantas maduras, con sus flores, sus
frutos y granos alimenticios.
Debido a que sus necesidades básicas estaban satisfechas por las
condiciones climáticas en que ahora vivían, los primitivos americanos
tuvieron la oportunidad de observar fenómenos naturales con mayor
detenimiento. Probablemente, el tiempo libre del cual disponían con su
nuevo ritmo de vida les permitió observar cómo una semilla, al caer en
la tierra, germinaba, y cómo con el paso del tiempo podía convertirse en
una planta de la cual surgían los frutos necesarios para su
alimentación. Es probable que realizaran intencionalmente el experimento
que la propia naturaleza les había mostrado. Quizá de este modo haya
surgido la agricultura, actividad que requiere el trabajo conjunto de
muchas personas y que modificaría radicalmente su forma de vida y de
relacionarse con la naturaleza y con otros grupos humanos.
En estas nuevas circunstancias, parecía adecuado atrapar vivos
algunos animales en lugar de matarlos durante la cacería, a fin de
criarlos, con lo que el hombre resultó grandemente beneficiado, porque
podía aprovechar la leche, el pelaje o la carne fresca de los animales
que criaba.
Una
de las consecuencias inmediatas del desarrollo de la agricultura fue el
sedentarismo, es decir, el establecimiento del hombre en lugares fijos.
De este modo, los antiguos habitantes de América construían poblados
cada vez más complejos.
El cultivo del maíz es la base de la grandeza alcanzada por las
culturas americanas. Era tal su importancia que se le atribuía un origen
divino.
Consecuencia importante del sedentarismo fue sin duda, la domesticación de animales, inicio de la ganadería.
A partir de este momento, los hombres se quedaron a vivir cerca de
sus sembradíos; es decir, se volvieron sedentarios. Ésta fue la primera
consecuencia del desarrollo de la agricultura. En su anterior vida
nómada, no necesitaban de casas duraderas, pero ya como agricultores
construyeron habitaciones mejor elaboradas, lo cual motivó el
surgimiento de poblados cada vez más grandes y complejos.
Con el paso del tiempo y conforme se presentaban nuevas necesidades
en estas comunidades, los hombres se vieron en la necesidad de
dedicarse a múltiples actividades. Unos cultivaban y cosechaban, otros
cuidaban a los animales, otros más continuaban cazando.

También cambiaron las formas de trabajo. Aunque muchos hombres
tuvieran que salir a cazar todavía, algunos preferían cultivar ayudados
por las mujeres. Los niños recogían frutas del campo o cuidaban los
rebaños, es decir, los grupos de animales que habían domesticado.
La piña y el plátano, originarios de América, al igual que el
jitomate, el aguacate, la calabaza, el chile y, desde luego, el maíz.
Poco a poco fue desarrollándose una mayor especialización en el
trabajo: los pescadores intercambiaban sus productos con los
agricultores, los artesanos fabricaban vasijas de fibras vegetales
tejidas; había quien trabajaba la madera o quien conocía las propiedades
de plantas curativas y se dedicaba a sanar a los enfermos; otros
observaban el cielo y sabían cuándo era adecuado sembrar o cultivar;
pero también sucedía que algunos hombres se ejercitaban en la guerra
porque otros grupos humanos, aún nómadas, acostumbraban saquear los
poblados de los agricultores y pescadores.
En otras palabras, cada quien dentro de la comunidad tenía
responsabilidades específicas que cumplir, pero el cumplimiento de estas
tareas se realizaba de un modo organizado. Así aprendieron los seres
humanos que resulta ventajoso vivir en sociedad y que, dentro de todo
grupo humano, grande o pequeño, todos tenemos tareas que realizar.
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